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6/11/10

Leandro Loaiza Largo























Peligrosamente triste
pasa la ciudad bajo mis pies,
no sé a dónde me lleva el asfalto.
Programo en mis oídos
la banda sonora de mi rutina.
En mi mochila un libro
sobre un serial killer de gimnasio
y el cuaderno de siempre.
Me atrapan las ganas que tengo
de no morirme.
Atravieso la sombra de los arboles
camino a la universidad,
un beso de nicotina me recuerda
que no debo fumar.
El cielo me mira
y amenaza con dejarse caer.
Todos huyen.
Qué momento más sencillo y hermoso,
las gotas pintan pecas en el suelo
y ya no quiero pensar en nada más.

17/4/10

Leandro Loaiza Largo























El poema pasa despacios
obre la cúpula azul
de nuestros pensamientos,
endulza las lenguas,
empalaga...
parece tener forma de algo,
parece suave,
parece blanco...

Cuando el poema oscurece
llueve en hilillos de sal
que llegan hasta el mentón,
se evapora
con la tibieza de la piel,
se desarma,
se deshace...
ya no existe; a menos
que alguien lo escriba
detrás de un recibo
de supermercado
o en el brazo
de la persona que se quiere.


ILUSTRACIÓN: Rene Magritte, Espejo falso.

23/2/09

LEANDRO LOAIZA LARGO


























Nada me hace más humano
como poder dedicar
un minuto de desvelo
a escribir un verso,
metaforizar en la buseta,
buscar sinónimos
en la fila de un banco,
contar en los dedos
las sílabas de una canción…
Nada me hace más humano
como dejar de escribir por rabia
y hacerlo más por amor,
pensar que si mi mundo
se desmorona
siempre podré vivir por el arte,
cometer un crimen poético
escribiendo estos textos
que me definirán mal
en un futuro…

9/9/08

Leandro Loaiza Largo



DIÁSTOLE

Una mañana despertó escuchando el horrible latido de su corazón, sabía que tenía uno y que sin mayores dificultades había trabajado bien hasta sus treinta años de vida, pero jamás lo había podido escuchar con tal claridad, palpitaba en sus oídos con un estruendo idéntico al de un bombo, caminó despacio hacia la cocina al ritmo de los latidos como si de pronto se fuera a caer al piso, bebió su café con la esperanza de despertarse y olvidar las pulsaciones pero nada pasó, se vistió deprisa y tomó un taxi que lo llevó a urgencias del seguro social, aturdido y medio sordo en la sala de espera, encogía los hombros con cada latido que golpeaba su cabeza, después de un rutinario chequeo de pasillo le dijeron que lo suyo no era grave, que pidiera cita por consulta externa, de pronto el hombre rompió en llanto, atravesó corriendo la calle y varias avenidas, llegó a la silla de un parque, hundió sus dedos en su cabello y halándoselo con todas sus fuerzas pegó un grito al cielo con tanta angustia que hizo que la gente de los edificios vecinos se asomara por las ventanas, el chorro de sangre que llenaba las venas de su cuello martilló con más fuerza en sus sienes, nadie lo ayudó, llegó a pie a su casa, había deambulado toda la tarde por la ciudad como un zombi sudoroso teniéndose la cabeza, resoplaba entre los dientes una espuma espesa y brillante, buscó en su escritorio un lápiz y un sacapuntas decidido a romperse los tímpanos, puso el lápiz primero en su oído mientras con la otra mano sostenía con el brazo extendido un pisapapeles, apretó los dientes y medio segundo antes de golpear la goma lo detuvo el silencio, dejó caer todo y mirando como temblaban sus manos lloró, lo hizo hasta que se quedó dormido.